Los guardianes invisibles de la naturaleza: las personas que mantienen vivos los territorios

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Los guardianes invisibles de la naturaleza

Hay una conservación de la naturaleza que sucede lejos de los congresos, de los documentos estratégicos y, casi siempre, de la atención pública. No suele utilizar ese nombre y quienes la practican probablemente tampoco se reconozcan como conservacionistas. Forma parte de una manera de trabajar y de habitar el territorio que durante generaciones ha ido modelando muchos de los paisajes que hoy admiramos.

Está en el pastor que continúa llevando el ganado a unos pastos que conoce desde niño; en quien mantiene una explotación familiar a pesar de que las cuentas son cada vez más difíciles; en los muros de piedra que todavía se reparan, en una acequia que sigue llevando agua, en los caminos que permanecen abiertos porque alguien los utiliza. Está también en el guarda que sabe dónde mana una fuente durante una sequía, dónde cría una especie escasa o qué barranco cambia después de una tormenta.

Son trabajos corrientes para quienes los realizan. Vistos desde fuera, sin embargo, revelan hasta qué punto el paisaje conserva la huella de las personas que lo han habitado.

Pastor con cayado y su perro guiando un rebaño de ovejas entre árboles trasmochos, uno de los guardianes invisibles del territorio

Paisajes culturales de la península ibérica

Buena parte de la península ibérica resulta incomprensible sin esa relación. La dehesa es seguramente uno de sus ejemplos más hermosos, pero hay muchos otros: pastizales de montaña, prados de siega, campiñas cerealistas, olivares, viñedos, bancales, sotos, setos y pequeños mosaicos agrícolas donde la actividad humana y los procesos naturales llevan siglos compartiendo espacio.

A veces hemos simplificado demasiado esa historia. Durante una parte importante del pensamiento conservacionista del último siglo, la presencia humana fue contemplada principalmente como una presión sobre los ecosistemas. Había razones sobradas para hacerlo. La industrialización de la agricultura, la contaminación, la explotación excesiva de los recursos, ciertas infraestructuras o una urbanización poco respetuosa han provocado daños cuya magnitud conocemos bien. Pero trasladar esa misma mirada a cualquier forma de presencia humana conduce a una interpretación bastante pobre de nuestros paisajes.

Ganadería extensiva y conservación: lo que aporta un rebaño

La ganadería extensiva permite entenderlo con claridad. Un rebaño no solamente produce carne, leche o lana. Su paso modifica la vegetación, mantiene espacios abiertos, dispersa semillas, incorpora materia orgánica al suelo y limita, en determinadas condiciones, la acumulación de biomasa. Alrededor de ese sistema encuentran alimento o refugio multitud de organismos. Algo semejante ocurrió durante siglos en los paisajes agrícolas donde convivían cultivos, barbechos, linderos, pequeños humedales, árboles aislados y márgenes sin cultivar.

Muchas de nuestras aves esteparias son hijas de ese mundo. La avutarda, el sisón, la ganga o el alcaraván encontraron en las grandes llanuras cultivadas un hábitat extraordinario. Su declive actual recuerda, precisamente, que el problema nunca fue simplemente la existencia de agricultura, sino la transformación profunda de aquella agricultura en otra mucho más intensiva y uniforme. Por eso el abandono rural merece una reflexión bastante más cuidadosa de la que solemos hacer.

Vista aérea de Azuel, en Los Pedroches, rodeado de dehesa de encinas y olivares, mosaico agrario del medio rural

Abandono rural y despoblación: lo que se pierde con los últimos pastores

Cuando cesa una actividad, el territorio continúa cambiando. Un pastizal puede cubrirse de matorral; después llegarán otras formaciones vegetales. Los caminos desaparecen, los bancales se desmoronan, los abrevaderos dejan de funcionar y antiguos claros vuelven a cerrarse. Surgirán oportunidades para unas especies mientras otras perderán el ambiente del que dependían. Desde un punto de vista estrictamente ecológico, habrá que estudiar cada caso antes de decidir si el resultado supone una ganancia o una pérdida.

Hay, sin embargo, otra desaparición mucho más difícil de medir. Quien ha pasado cincuenta años trabajando en un monte posee una información que ningún inventario puede recoger por completo. Conoce el agua, los suelos, el comportamiento del ganado, los años excepcionales, las heladas tardías, los lugares donde la nieve permanece más tiempo. Recuerda incendios, sequías y lluvias que cambiaron un arroyo. Ha visto llegar y desaparecer especies. Una parte de ese conocimiento tradicional pasa de padres a hijos, de vecinos a vecinos, mediante conversaciones y jornadas de trabajo. Otra se extingue sencillamente cuando ya no queda nadie a quien transmitirla.

La despoblación rural tiene también esa dimensión. Un pueblo que pierde a sus últimos pastores o agricultores no pierde únicamente población activa. Con ellos desaparece una determinada lectura del territorio.

Conservación y economía rural: qué actividades queremos favorecer

Y aquí la conservación tropieza con la economía. Resulta difícil defender la continuidad de la ganadería extensiva cuando quien la practica apenas puede obtener una renta digna. O pedir que sobrevivan determinados cultivos tradicionales si sus productos compiten únicamente por precio con sistemas industriales. Tampoco parece razonable celebrar la belleza de los pueblos mientras cierran el comercio, el bar, la escuela o el último servicio que permite vivir en ellos durante todo el año.

Un paisaje habitado necesita actividad económica. La cuestión verdaderamente interesante consiste en decidir qué economía queremos favorecer. La respuesta será diferente en cada territorio. Habrá agricultura y ganadería, aprovechamientos forestales, pequeñas industrias, artesanía, transformación de alimentos y nuevas actividades que hace unas décadas apenas existían. Entre ellas está el turismo de naturaleza.

Turismo de naturaleza y ecoturismo: una oportunidad con condiciones

Conviene mantener cierta prudencia con sus posibilidades. Hemos escuchado demasiadas veces que el turismo puede salvar el medio rural, como si una actividad económica pudiera resolver por sí misma problemas demográficos y territoriales acumulados durante décadas. No puede. En algunos lugares, además, un crecimiento turístico mal planteado acaba produciendo nuevas tensiones y sustituyendo actividades en vez de complementarlas.

Su verdadero interés aparece a otra escala. Un alojamiento que compra alimentos en su comarca, un restaurante que trabaja con productores cercanos, una empresa que contrata guías del territorio o un visitante que permanece varios días y utiliza los servicios del pueblo generan pequeñas corrientes económicas. Individualmente pueden parecer irrelevantes. Cuando forman una red estable ayudan a que exista mercado para productos y trabajos que difícilmente podrían sobrevivir aislados.

Para el ecoturismo, esta relación debería ser especialmente estrecha. Su materia prima es un patrimonio natural bien conservado. Si quienes viven alrededor de ese patrimonio encuentran en su conservación una oportunidad económica, aparece una razón adicional para cuidarlo. Cuando los beneficios quedan fuera del territorio y la población local recibe únicamente restricciones, molestias o costes, el resultado puede ser exactamente el contrario.

Rebaño de ovejas pastando bajo las encinas de una dehesa de Los Pedroches, ganadería extensiva que mantiene los espacios abiertos

Guardas, técnicos y guías de naturaleza: los profesionales del territorio

También están quienes trabajan directamente sobre el terreno y rara vez aparecen ante los visitantes. Agentes medioambientales, guardas, técnicos, cuadrillas forestales, personal de espacios protegidos y personas dedicadas al seguimiento de fauna recorren durante años los mismos montes. Acumulan una experiencia difícil de sustituir. Detectan cambios pequeños antes de que resulten evidentes, conocen las zonas sensibles y suelen ser los primeros en advertir que algo está ocurriendo.

A su lado ha surgido durante las últimas décadas otro grupo cada vez más amplio, guías de naturaleza, educadores ambientales, empresas de observación de fauna, fotógrafos, alojamientos especializados y pequeños emprendedores que han decidido construir su profesión alrededor de un territorio bien conservado. Su aparición introduce algo valioso en la vieja discusión entre protección y desarrollo, demuestra que conservar puede formar parte de la economía cotidiana de un lugar.

Nada de esto convierte automáticamente en sostenible cualquier actividad rural ni obliga a mirar el pasado con nostalgia. Hubo prácticas tradicionales que degradaron suelos, agotaron recursos o persiguieron especies hasta llevarlas al límite. Algunas deben quedar definitivamente atrás. Otras contienen conocimientos y formas de manejo que estamos empezando a valorar precisamente cuando corren el riesgo de desaparecer. Entre ambos extremos queda un campo enorme para aprender, innovar y corregir.

Quizá ahí esté una de las tareas más interesantes de los próximos años, averiguar qué conocimientos merece la pena conservar, qué actividades pueden evolucionar y cuáles debemos inventar para que vivir en un territorio valioso vuelva a ser una posibilidad razonable.

Los paisajes no permanecen vivos únicamente por haber sido declarados protegidos. Necesitan decisiones, cuidados, trabajo y, en muchos casos, personas que sigan estando allí cuando termina el fin de semana y los visitantes regresan a casa.

Son agricultores, ganaderos, pastores, guardas, técnicos, hosteleros, guías, artesanos, pequeños empresarios y vecinos cuyos nombres rara vez conoceremos. No hace falta convertirlos en héroes ni atribuirles virtudes que quizá no tengan. Basta con reconocer una realidad que durante demasiado tiempo hemos pasado por alto, en muchos de los territorios que queremos conservar, la presencia humana forma parte de su historia, de su paisaje y también de su futuro.

Carlos Sánchez Alonso

Director de NATURCYL

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